Debilidades y Vicios

Caracas, café, Masseratti y política

Hoy me encontré un señor sin esperanza

–          ¿Ves las estrellas?

–          ¿Dónde?

–          Allá arriba.

–          No, veo solo un cielo negro.

–          Concéntrate, si lo haces verás como comienzan a aparecer delante de ti esos puntitos blancos, lindos, que te hacen pensar en muchas cosas. Que, aunque lo niegues, te hacen desear que una estrella fugaz decida pasar apuradita en el firmamento.

–          Inventas mucho.

–          No, en serio, hazlo. Es como el país.

–          Siempre mezclas todo con política.

–          No, bueno sí, pero esta vez no. Mira, cuando uno va en el metro necesita concentrarse para comenzar a ver esas estrellitas que brillan en la oscuridad y que te hacen decir: Es posible el camino. Te voy a contar algo:

Hoy me encontré a un señor sin esperanza en el metro. No es fácil vivir acá, lo entiendo. A veces yo también pierdo la fe. El metro es como el clima de Caracas, a veces está azul y soleado y sientes que la quieres. Otros días, está gris y fría y te deprime. Hay días en los que las estrellas del metro brillan más, otras en las que sencillamente me imagino poniendo una bomba como James Bond y caminando mientras escucho la explosión. Sí, sé que no debería pensar de esa manera, pero no es fácil. Entiéndeme.

Hace tiempo me había alejado de todo, había decidido “vivir mi vida” hasta que entendí que tal cosa era absurda y que mi vida se estaba limitando a cuatro paredes, entonces volví. Bueno, eso y que uno de mis amigos me empujó a seguir en el tema. Pero ajá, el señor. Ese señor me decía que no había futuro y yo le decía “la esperanza no se pierde”. “Todo va a estar siempre peor” me decía, “debe ser mi juventud, pero veo un camino diferente” le respondía. No sabía cómo sentirme, creo que jamás me había encontrado a alguien sin esperanza. Creo que sé por qué.

–          A ver, ¿Por qué?

–          Porque ese señor no lograba concentrarse y ver el cielo. No era capaz de ver las estrellitas que luchaban contra la contaminación y la iluminación para ser vistas por nosotros. Así que concéntrate, mira el cielo y ve los puntos blancos. Yo creo que hay un cambio y eso es lo que tenemos que transmitir.

Escribir

Para escribir necesito:

Un asiento amarillo del metro con 8 estaciones. Una noche de pasión con una ilusión de gran amor, dibujarla con palabras.

Una copa.

Necesito una plaza iluminada con un banco disponible. Un país en crisis y un día de máxima indignación. Mi cuaderno y un bolígrafo de tinta o lápiz. Escriben mejor, imprimen emoción.

Un café.

Días lluviosos para la melancolía, los soleados para la tristeza y los nublados son para (d)escribir sonrisas escondidas con letras que recién comienzan a ser escritas.

Una cerveza.

Una hoja blanca a la espra de una historia, las ganas incontenibles de escupir palabras y describir momentos. Un lápiz con punta y antes leer un par de poemas.

Un cigarrillo.

Para escribir me necesito, te necesito, los necesito. Escribir es ese dulce momento donde ecuentro, sin quererlo, otros nosotros, otros temas, otra yo.

Una no-intensidad

Era mucho más sencillo que se encontraran en un café o se tomaran unas cervezas, pero parecía que aquella tarea no podría ser cumplida. Las ocupaciones de ambos los llevaban a alejarse cada vez más. Un día se cruzaron y ella, sin pensarlo, soltó todo lo que tenía en la garganta sin importarle si su reacción -la de él- sería buena o mala.

Obviamente estoy molesta contigo. No, la molestia no es porque esto terminó o nunca empezó, la molestia es porque contigo no tuve intensidad posible que me permitiera desahogar eso que no-fue, en las no-letras que nunca escribí. Cuando pensaba que todo pasaba, llegaste tú con tus besos en lugares inapropiados, con las ganas de romper las reglas impuestas por otros, con tu sonrisa de cómplice entre cervezas y con una amistad de esas que “no quiero dañar”. Llegaste con tus ganas de días completos sin conexión, de karmas que no se ejecutan y de cielos místicos dibujados por mi. Mi molestia es que te fuiste del lugar en el que nunca estuviste, sin pensarlo, sin explicaciones, sin un último beso… Y como dicen por ahí “sin un último polvo”. Que la necesidad de ti se hizo grande cuando descubrí que esos labios no volvería a estar sobre los míos, cuando dejamos de estar y de no-estar.

Claro, ¿Cómo no voy a estar molesta si un día estás bien y otro desapareces? ¿Si un día me pides besos y luego ni contestas mis mensajes? ¿Cómo no quieres que me moleste y que sienta inmensas ganas de golpearte… Y luego de besarte? Claro, para mi es sencillo porque siempre hubo reglas claras, el juego nunca se salió de mis manos o de las tuyas, o no lo sé. Pero mi molestia es ¿Cómo te gusto locamente un día y cómo puedes ignorarlo todo al día siguiente? No es un tema intenso sentimental, por ti no lloré, no bebí, no fumé. No sé si quiero un “nosotros”, pero quiero un cuento, unas risas, un lo-que-sea, quiero un por qué… O al menos un café.

Él, la miró sin nada que decir, no era posible articular palabras después de aquello. Lo único posible revivir una de las primeras escenas de toda aquella no-relación que habían establecido en donde ambos sabían que habían cruzado las líneas de lo que no se supone. Miró al cielo y notó que comenzaría a llover en cualquier momento, observó su reloj -se le hacía tarde para una cita-, la pegó contra la pared y la besó. Justo en ese instante comenzó a llover como nunca en aquel lugar.

Luego de unos minutos ambos hicieron silencio, se vieron a los ojos y entendieron que todo aquello no sería posible, pero que tampoco lo sería alejarse del todo de aquella no-relación que habían mantenido secretamente en sus mentes desde hace ya varios años. Hubo una despedida silenciosa y no dolorosa.

El cielo aclaró cuando comenzaron a caminar, cada uno en dirección opuesta tal como ocurría en sus vidas.

¿Qué es Lo Nuestro? – La tregua, Mario Benedetti

“Pero, en definitiva, ¿qué es Lo Nuestro? Por ahora, al menos, es una especie de complicidad frente a otros, un secreto compartido, un pacto unilateral. Naturalmente, esto no es una aventura, ni un programa ni -menos que menos- un noviazgo. Sin embargo, es algo más que una amistad. Lo peor (¿o lo mejor?) es que ella se encuentra muy cómoda en esta indefinición. Me habla con toda confianza, con todo humor, creo que hasta con cariño.”La tregua, Mario Benedetti

Licencia para mi cuerpo

Si me preguntaran qué quiero diría, sin dudarlo, que quiero darte una licencia para mi cuerpo con derecho de entrada permatente a los paréntesis de mis piernas, donde tiempo se desdibuja del lienzo de mi espalda. Un encuentro de espacios donde el sudor sea el responsable de las fusiones más perfectas.

Una licencia para que tus manos, con plena libertad de expresión, serían capaces de jugar con las pequeñas montañas de mi pecho y serían días de no despertar, solo disfrutar. Una licencia de mi cuerpo, para ti con ganas de mi. Para mi, con deseo de ti.

Una tinta, la de mi piel, que entre juegos de paréntesis y puntos, escriba una historia que entrelace sonrisas, dramas y fluidos.

Y si me pides que te de la licencia, buscaré el momento perfecto para entregártela justo cuando menos lo esperes. Y si decides que ahora no es el momento, deberás saber que aunque haya otros en el camino esta licencia que ahora te describo será solo para ti, con libres accesos.

¿Dónde están los caraqueños?

“Caracas, asustas a la gente, por eso es que ya no salen”

Eso pensé mientras regresaba a mi casa en taxi el sábado en la noche. El viernes había estado en Bellas Artes, el sábado estuve en El Hatillo y el domingo marcharé por el oeste de la ciudad. Mientras estaba en las primeras dos actividades, veía la cantidad de gente y me preguntaba “¿Dónde están los caraqueño?, ¿Dónde está la gente que vive pidiendo en Twitter más actividades culturales para hacer en nuestra ciudad de la furia?, ¿Para qué piden si luego no van?”

Hubo poca gente en todas las actividades y según me comentó un amigo, en “Buen provecho La Carlota” también hubo poca gente. Yo, apelando a mi coherencia, decidí que debía ir a todas o por lo menos a la mayoría de las actividades que se hicieran por Caracas, era necesario recorrerla y darle un poco de amor. Pero ¿Y el resto de la gente?

¡Fácil! La respuesta llegó cuando fui incapaz de escribirle a mi mamá para que me buscara apenas llegara el taxi: tengo miedo de estar en la calle. Y así como yo tengo miedo, allá afuera hay un gentio que tiene miedo de estar afuera, de sentir que puede vivir diferente, de pensar que recorrer la ciudad a pie y de noche puede ser algo agradable.

Cuando pensé escribir esto, la primera idea que me vino al cabeza era la de “reclamarle” a la gente que siempre pedía cosas. Luego pensé que mejor le reclamaba a los gobernantes por la falta de seguridad, y al final dije ¿Para qué vas a reclamar?. Sencillamente, hay dos mundos que aún no se encuetran.

Caracas es hermosa cuando decidimos salir agarrados de la mano con ella, pero es -aunque algunos como yo no lo queramos ver- una nena agresiva y que en cualquier momento te golpea fuerte.

Mi consejo, como caraqueña amante de la ciudad, es que disfruten a esta bella casa mientras la tengamos. Pensemos siempre que las calles de esta ciudad son parte extendida de nuestro hogar.

Caracas. TE_QUIERO. Vivir_TE S.i.N. M.iED.o

 

Románticos de los 60′ o políticos de izquierda

“El problema chamo es, que si le metes románticismo a la política la jodes”… “Creo que la batalla de izquierda o derecha es una pelea romántica de los 60′, y aunque me digas loca te diré que lo único que me importa es que las cosas funcionen”…

Laura SolórzanoSaliendo de la noche de los museos en Bellas Artes, me encontré con un chamo que quiso darme lecciones de “revolución”, “imperialismo” y esas cosas que se ven muy lindas al lado del mundo de las ideas platónico o de las materias en potencia aristotélicas, pero que cuando caminas asustado por la calle, o no encuentras el tetero del chamo y tal vez el metro se retrasa más de lo normal comienzas a descubrir que no se ven tan bonitos.

“Chamo, yo vivo en Catia man, esta película la vivo. Yo fui a Estados Unidos, fui a Cuba y esa historia no me la contaron, yo la vi con mis ojos. Y aquí panita estamos claros que las cosas no funcionen. Para mi, que soy bien intensa, lo importante es que funcione, no si se hizo con la mano izquierda o con la derecha”.

Después de semejante conversación, cuando el chamo se bajó, no pude evitar pensar ¿De verdad no hemos superado esa discusión? Yo juraría que sí, pero todo indica que esta pelea -que apenas comienza en América Latina, en comparación con otros países- va para rato. Yo no diré “soy una experta en ideologías”, pero soy una experta en la calle y en lo que veo día a día y sé que con teorías puestas en libros las cosas no se resuelven.

Si no se bajan los reales, si no tienes gente honesta trabajando y que quiera hacerlo, si no funcionan las cosas… Entonces no hay ideología que podamos discutir, porque he aprendido que con el estómago sonando, la cabeza retumbando y la angustía hecha estilo de vida no hay manera de discutir si Marx o Smith tenían razón.

Yo les digo, de románticos de los 60′ o políticos de izquiera; y de pragmáticos de los 80′ o políticos de la derecha, ya he tenido bastantes. Lo mejor, por ahora, será pensar ¿Esto de verdad funciona?

Caracas, en tu noche

Se hace intransitable aquella ciudad de antiguos techos rojos. Se siente tenebrosa cuando el sol, por miedo, decide marcharse temprano a otro lado del mundo. Caminar, tranquila, dejó de ser una opción desde que las estadísticas dejaron de ser números y sensación para convertirse en el amigo, el vecino o él mismo.

Cuando llega la luna y las pocas luches que alumbran son las de las estrellas, el miedo sale a caminar de la mano de la violencia. El día se acaba cuando sales de la oficina y correr a tu Caracas de nochecasa. Ser joven se transformó en una actividad extrema donde, incluso, los planes en una casa pueden ser increíblemente peligrosos. Caminar en el metro genera sensación de película de acción. Caracas no es la ciudad de la furia de Cerati, la Caracas que muerde de Héctor Torres o la del retrovisor que retrata Ángel Zambrano. Caracas, la de antes, ya no es la misma.

La vives, la respires, la sientes. No queda de otra cuando irte no es parte del plan y tampoco es una opción, no por falta de dinero sino por amor. Aunque, como todo, ese amor también tiene un límite y llega el instante en el que la relación se hace insostenible y que el quiebre se hizo y no hay retorno al punto de inicio. Es ese momento, justo ese instante, en el que descubres que seguir peleando contra algo irreparable no tiene sentido. Tu y yo ya no somos compatibles y pelearme contigo no es una opción, es mejor retirarme antes de que algo peor ocurra. Es que no se puede seguir con el juego del miedo.

Las balas esta noche saldrán a buscar refugio en nuevos cueros de inocentes o culpables. Todo se iguala cuando, sin ropa, los difuntos en la calle se cruzan sin reproches, sus sangres corriendo los unen y los hacen parte de un número macabro que ahora se llama muerte. Sabes que la vaina está grave cuando te imaginas destruyendo. Pero sabes que oculta, entre sombras, la Caracas que quieres se esconde y por ahora no saldrá. El trabajo será descubrir su escondite y sacarla de ahí.

Una no-carta

A ti no tengo por qué escribirte una carta de amor porque estoy no es una lovestory. No debo, ni remotamente, pensar que te puedo extrañar, que contigo puedo hablar o que de ti me puedo enamorar. Muchísimo menos puedo sentir que te enamoraste de mi. Eso no pasa. Eres mi no-historia, mi no-cuento, mi no-realidad y por eso no te escribo una carta, te escribo una no-carta. No eres mi no constante. En mi vida no eres más que una no-situación, un nodebiópasarjamás o tal vez un esperoquevuelvaapasar.

A ti no tengo porque decirte que te quiero y mucho menos que te sueño. Eres mi no.

Entenderlo es sencillo. Somos el no-ser del que los filósofos del pasado tanto hablar, esa no-realidad que hacer ahora no había comprendido. Eres mi no-identidad, mi no-intensidad, mi mensaje cambiante y mis no-ganas de pensarte. Eres mi no-post, ese que quise pero nunca llegó. Eres, por primera vez, mi no-escrito. Mi no-texto. Eres esa no-piel que muero por volver a todas y esos no-labios que espero me vuelvan a besar.

Eres eso que, con la práctica de los años, he aprendido a manejar- Tu el amigo, tu el confidente, tu el que nomevaapararjamás. Yo la amiga, la que escucha, la que ojalámepareunratomás. Eres mi no-estar, mi no-querer llamar.

Eres el mensaje que borre, el pensamiento que suprimo. Eres mi no-historia de no-acabar y por esto hoy no te escribo estas palabras que seguro no leerás.

(Y los dos sabremos, cuando el día termine, que esto es para ti, mi carta no cursi e intensa…)

Tiene que haber un camino

Hoy quería postear sobre otra cosa. Quería escribir sobre “La casa del ritmo” el documental de Los Amigos Invisibles o tal vez postear una nueva de mis hist(e)orias. Sin embargo, (siga leyendo en http://debilidadesyvicios.com/?p=1032)

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