Debilidades y Vicios

Caracas, café, Masseratti y política

Si yo fuese – la historia de Camila

Aquella mañana Camila se había despertado segura de que el tiempo no se había detenido en ningún momento. Un mes, un 22, todo comenzaba otra vez.

Un mes desde su llegada, que extrañamente fue un 22, Camila no dejaba de pensar en todas aquellas cosas que jamás cerró: relaciones, la puerta del garaje y la llave de paso del lavamanos. A ella no le gustaba ese número, tenía una sensación kabalística respecto a esa fecha, a ese número en los DNI, en los teléfonos. Eran simples rarezas que la caracterizaban y la catalogaban como la loca del grupo.

Sus clases comenzarían pronto. Atrás habían quedado sus historias de pasado: D con D de Diciembre, M con M de Mentira, A con A de Amigo. Podría hacer un diccionario, una historia, una guía porque tenía en su lista casi todas las letras del Abecedario.

Una tarde fría, como esas que extrañamente sintió en Caracas mientras estuvo allá, se decidió a explorar los alredores de la cuadra. Disfrutaba la ropa de invierno así que escogió su ropa, se vistió, guardó en su cartera un cuaderno, un lápiz y “Conversaciones con Woody Allen”. Salió a caminar.

Una cuadra más tarde consiguió un lugar que la hechizó. Un pequeño café con aspecto desordenado. Era de esos lugares en los que parece que nada combina, pero donde todo está dispuesto con un orden casi perfecto creando una armonía única entendida por pocos. “Cata de Caffé” se leía en la entrada, una mesa libre justo al lado de la ventana -así como a ella le gustaba-. Entró, se sentó, pidió un caffé.

Una muchacha simpática, con aspecto rockero, un tatuaje en el brazo ‘todo fluye’, la atendió y le comentó que la cata sería a las 5 de la tarde. Eran las 2 pm, a Camila no le importó. Le dijo, en tono suave, que estaría escribiendo un rato.

Camila, con su caffé en mano, sacó su cuaderno y escribió algo que le daba vueltas por la cabeza desde hace ya bastantes días:

Si yo fuese

Si yo fuese Hannah, tu sería Martin. Escribiríamos cartas intelectuales y serían la base de nuestras teoría. Pero ni yo soy Hanna, ni tu eres Martin.

Si yo fuese Gala y tu fueses Salvador, el mundo vendría con colores y formas para los dos. Pero yo no soy Gala y a ti Salvador te queda grande.

Si yo fuese Penélope y tu fueses Javier, estaríamos por grabar alguna película con Woody, pero ya es tarde. Yo a él lo quiero más.

Si yo fuese yo, sería más valiente… Pero no soy yo y ya aprendí a no quererte.

Tu fueses tu, tendríamos alguna conversación incoherente. Pero tu tienes los pies cerca de la cierra. No hay rinocerontes en tu mente.

Si yo fuese extranjera, estaría de vuelta en mi planeta. Tu no me hubieses visto, y la cuerda seguiría suelta.

Hay tantas cosas que pudiese escribirir si quisiera ponerme en plan de What If, pero escribir(te) no me hace feliz.

Aquella noche, en medio de tazas de café, libros y lápices, un caballero se acerco a su mesa y preguntó si podía sentarse. Camila le contestó:

“Es usted muy amable caballero. Sin embargo, debo informarle que he decido pasar un tiempo sola conmigo. He cargado tantas historias y he pasado por tantas camas, que aún no encuentro la mía. Es momento de ver quién es Camila”

El caballero contestó: Camila, hermoso nombre. Estaré en la barra, en caso de que cambie usted de opinión.

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