Debilidades y Vicios

Caracas, café, Masseratti y política

Hasta que la…

No estoy en una relación y tampoco quiero estarlo, esas fueron las últimas palabras que Miranda escuchó en alquel frío cuarto en el que hablaba con Leandro.

– Yo tampoco estoy en una, pero iba a una o por lo menos eso me pintaste. No soporto estar en este lugar, será mejor que me vaya.

Miranda tomó su cartera, su sombrilla y salió de aquel lugar. Se montó en su carro y partió. Leandro quedó sentado en un pasillo sin entender qué había hecho, cómo había llegado a aquel extremo de mentira. Sabía que Miranda no era tonta y que estaba enterada de toda la verdad.

Aquella noche, el frío reinaba en la ciudad. Después de un día de lluvia el cielo estaba tan despejado que contar las estrellas con los dedos era posible. Rodó sin rumbo para sentarse en una desolada plaza a las afuera de la ciudad. Secó sus lágrimas y escribió.

Unas semanas después se cruzó con Leandro y su “amiga”. Tomados de la mano, paseando por las calles de aquella ciudad que la hacía feliz. En ese momento ella no supo cómo reaccionar. Hubiese sido más sencillo cruzar la calle y no mirarlos. Recordó que en algún momento alguien le dijo que el mejor acuerdo era el que se hacía entre dos personas que acordaban mirarse en silencio y no saludarse; pero ellos no tenían ningún acuerdo. Él nunca había sido lo suficientemente valiente como para sentarse a hablar con ella.

Sin embargo, lo más sencillo para ella nunca fue una opción. Caminó directamente hacia ellos y los saludo:

– Caramba, sospechaba que eventualmente esta pequeña ciudad nos cruzaría en cualquiera de sus esquinas solo que no pensé que ocurriera tan pronto y con tanto romanticismo barato. Todo indica que su “no estar en una relación” cambió en el instante en el que abandoné la habitación.

– Esto no es…

– ¡No! Sí es, y me parece una ridiculez mayor de su parte mentirle descaradamente en la cara a esta nueva niña presa de sus redes retóricas y sus encantos sacados de las malas interpretaciones de Benedetti, Girondo o cualquier otro poeta reconocido. Es lo que parece, y lo que parece es ser una gran mentira, de esas que caminan por las calles porque nada esperan a cambio. Usted amigo está casado, casado con usted y con su egoísmo. Usted, con esta niña a la que lleva a todos lados está “empatadísimo”. A mi no me importa, esto no es un desahogo que busca llamar su atención, esto no es más que una necesidad intrínsica de sacar de mi todo aquello que me hizo daño en algún momento. Prefiero convertirlo todo en un escándalo y no en un cáncer o algo peor.

– No entiendo Leandro ¿Quién es ella?

– No siento que necesitemos presentación. Yo seguiré mi camino querida. Interpretaba un papel de algún mal guión de una obra de teatro barata en la que se convirtió mi vida por unos meses. Espero que lo de ustedes sea una producción millonaria digna de premios de la Academia, de esos que terminan en un Happy ever afer. Usted, querido, por favor siga su camino, no tengo más que decir.

Con la mirada hacia el suelo y sin encontrar palabras para explicarle a su “amiga” aquella incómoda situación, Leandro caminó desorientado durante horas. Esos recuerdos, ese día, esas palabras eran las que había evitado durante semanas y esa ciudad, SU ciudad les jugó de tal manera que los cruzó a las 5.30 p.m. en la calle por donde solían caminar agarrados de mano.

Miranda caminó feliz, se sentía tranquila, segura, confianda. Se despidó con una frase que pasó por su cabeza “Que sean felices por siempre, hasta que la próxima los separe”.

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4 pensamientos en “Hasta que la…

  1. Gio Delgado en dijo:

    Ummm, la verdad sea dicha…

  2. Buena redacción.No sé como aterricé en tus posts pero me han resultado muy entretenidos. Saludos desde Lima.

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