Debilidades y Vicios

Caracas, café, Masseratti y política

Cartas de Grecia

Grecia ese era su nombre. Nunca supo si le gustaba más ese nombre o el de su herman Antenas. Su papá había estudiado filosofía en los años 60 y conservaba ese espíritu de hippie que tanto caracterizaba a la gente de la época.

Tenía años viviendo en Barcelona. Al salir del bachillerato quiso irse un año de intercambio para “aprender catalán” y más nunca regreso. Aquella libertad, aquella independencia eran única, así que ella se las arregló, aplicó en la universidad, quedó y decidió mandar una carta a sus papás para informarles. Grecia amaba las cartas, las escribía desde pequeña, cuando no eran más que un cruce incoherentes de palabras que iban dirigidas a algún noviecito de la escuela.

Al crecer fue perfeccionando su técnica, sus palabras, la manera que tenía de escribir, y sobre todo la manera de dirigirse a las personas. Se había leído grandes cartas de la historia, las de Arendt a Heidegger, las de Manuelita a Bolívar, las de Hitler, las de Dalí, en fin, disfrutaba escribir cartas.

Un domingo por la mañana, Grecia se había sentido extraña, una sensación nunca vivida <>. Ese día ella decidió escribirle a sus últimos tormentos afectivos unas cortas palabras.

Fernando (cuidador de animales de zoo con el que ha pasado la mayor parte de su estadia compartiendo solo placeres de cama) querido, te extrañará saber de mi y mucho más por una carta. Nunca te gustó mucho leer, lo sé, pero sabes que siempre me gustó escribir. Solo quería agradecer los placeres de cama que me has brindado, las noches de cobijo en los largos inviernos, y las lecciones sexuales. Supongo que hoy soy mucho mejor en la cama gracias a ti. Que divino nos la pasabamos, pero ya es hora de saber que no hay vuelta atrás. Nuevamente, gracias.

Roberto (mecánico de carros y de cuerpos, come libros, y pues también cuerpos) amor, fuiste uno de mis mas intensos amores, no sé si llegué a amarte y supongo que el siemple hecho de tener la duda ya lo hace falso. Recuerdo el día que casi me atropellas como uno de los mejores días de mi vida, siempre estarás presente en mi mente. Tranquilo, no escribo para que lo intentemos nuevamente, escribo para agradecerte el entender que se puede leer, entender y disfrutar sin vivir lo leído, sin querer siquiera intentar estar conscientes de elloa. Es otro estado de consciencia que solo alcanzamos después de unos porros, unas caídas libres y entender que que la vida escrita en los libros y en las canciones muchas veces son fantasía, solo debemos aprender a jugar a Rayuela. Gracias por las musas.

Julian (artista bohemio, dedicado a pensar, sentir y adormecer sentimientos, comprometido con todas y con ninguna) divino Julian, que buenos recuerdos tengo contigo, ganas prohibidas, conversaciones intelectuales y divertidas. De ti aprendí que todo es más fugaz de lo que parece. Aprendí que la eternidad se disfruta más con una copa de vino, un buen traje de baño y en buena compañía. Me enseñaste a ser mejor compañera en la cama, que con la lluvia solo se folla cuando se está enamorado y alguien que te haga reír es mejor compañero al final del camino que cualquier cama que me encontrara en la vía. Por hacerme internalizar que lo simple es hermoso: gracias.

Marcelo (el chico del Starbucks que siempre tenía algo bonito que decir) de ti se poco Marcelo, la verdad es que me sorprendiste. Te escribo de último porque en ese orden llegaste. De ti aprendía probablemente una de las lecciones más importantes ‘no abrir, a un desconocido, algo más que mis piernas’. No confundir el calor de cama con el calor del alma, fue otra de tus lecciones dictadas. Decir la verdad, aunque duela porque de esa manera todos terminarán felices. Y también descubrí que a una cuadra tengo un nuevo Starbucks donde no tengo que verte a diario. Gracias por las caídas libres.

Grecia no quería entregarles estas cartas, simplemente quería poner en papel aquello que sintió en algún momento para estar tranquila y feliz de que su nueva página, su nuevo lápiz y su nueva historia no arrastrarían recuerdos de pasado. Pero lo más importante, escribió para saber que ella era lo más importante de esta nueva historia, que por primera vez no se encontraba en otros brazos huyendo de los brazos anteriores. Que ella sola se sentía mejor y que prefería por un tiempo, disfrutarlo de esa manera.

Pagó el sumo de naranja, el café y regresó a la cama. Era un día para leer, el nuevo libro se Cortázar la esperaba.

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