Debilidades y Vicios

Caracas, café, Masseratti y política

Si el fin del mundo llegara mañana

Era solo cuestión de segundos para que Marielisa hiciera nuevamente una pregunta necia. Era de esas personas que no habían superado la infancia y la preguntadera. Muchas veces buscaba la respuesta en su celular, casi siempre después de haberla hecho en voz alta y encontrar miradas que le indicaban que a nadie le importaba su duda. Era curiosa por naturaleza. Hubiese podido ser una buena periodista, de esas que sí investigan.

Aquella noche, Marielisa se llenó de preguntas, pero no encontró la respuesta en su celular. Sino en el celular de él. Tenían ya tiempo saliendo. La colocación del plural en los verbos, los planes a futuro, las agarraderas de mano y la “informadora”, siempre habían nacido de él, jamás de ella. Cosa que le extrañaba, reaccionaba de manera positiva, pero en su cabeza siempre se preguntaba si todo aquello estaba ocurriendo, realmente. En el pasado, Marielisa había sufrido por crearse falsas ilusiones, solo que esta vez, era diferente. Ella no se estaba inventando el cuento, él lo estaba escribiendo con ella.

Unas horas antes de salir de casa, Marielisa lo notó bastante extraño, sudoroso, nervioso. Ya tenía días con una actitud extraña, pero ella estaba convencida de que era “el trabajo”, o por lo menos eso se decía para no torturarse con pensamientos sinsentido en las noches.

Un nombre de mujer, una sonrisa sospechosa, una extraña despedida. Esa fue la última vez que se vieron. No, no murió. Tampoco se mudó de país. Él tenía otra, y con el mayor de los descaros salió sin despedirse. La cortesía que tanto había tenido en los primeros meses se había acabado.

Marielisa solo se preguntaba más cosas: ¿Qué hice? ¿Cuándo dejé de ser yo para ser un ogro espantahombres? ¿Será que llamo a Aurora? ¡Constanza tenía razón cuando me decía “ese hombre no me convence”! ¿ Será la gripe rara esa que está en el mundo? ¿Será que la otra es mejor en la cama? ¿Qué le costaba des.pe.dir.se? ¿Será que me ve como una loca asesina y pensó que si me contaba lo mataría? ¿Cuándo comenzó a odiar mi ropa? ¿En qué momento dejaron de gustarle mis mensajes, mis fotos? ¿Será que le escribo? ¡Soy una estresada! ¿Y si en verdad no tiene plata? ¿Por qué se perdió el partido de fútbol? ¿Cuándo comenzó a desencantarse de mis locuras? ¿Ya mi sonrisa no te parece hermosa? ¿Por qué le pusiste sonrisitas a ella en todos lados? ¿Cuándo el tatuaje de ella le gustó más que el mío? ¿Por qué cambió el rojo por los globos? ¿Será que es todo parte de un plan desestabilizador de la CIA o del gobierno? ¿O tal vez llegó su hermano gemelo maligno a arruinar la historia?

Entre tantas preguntas, también tenía conclusiones: Claro, lo volví loco. Seguro es que no le cayeron bien mis amigas. No, ya lo sé, es obvio el tipo las quiere a todas. Para todo tengo una conclusión pero sigo sin entender ¿Por qué se fue sin despedirse?

Así pasaron horas, y preguntas, y horas y más preguntas. Aquella noche, en la que la respuesta no estaba en su celular, sino en la de él Marielisa no logró pegar ni un solo ojo. Sabía que todo había terminado y lo que más le dolía era que no le había dicho en su cara la verdad. Era un tema de pura honestidad e indiferencia innecesaria que sirve para encontrar una auto-justiciación a la rompedera de confianzas con la que andan algunos por la vida.

Al fin y al cabo, bastaba con decirle a la Marielisa que no era tan buena en la cama, o que la otra tenía tatuajes más sexies, o que sencillamente él lo que quería era aventurarse en saltar de una cama a otra sin ninguna responsabilidad. O, lo menos probable, que se dio cuenta que se estaba enamorando de Marielisa y que todo aquello implicaba dejar de vivir cosas que había planeado en sus meses de soltería.

Para ella, Marielisa, todo radicaba en que habían sido lo suficientemente adultos como para hablar, y habían tenido la suficiente confianza como para contarse historias pasadas que nadie sabía. Ella seguía sin entender eso de la mentira. Además, se dedicó a recordar cómo la primera noche él ni la tocó, no intentó besarla, pero fue él quién la abrazó para darle calor porque ella tenía frío. Lo mismo había ocurrido la segunda noche, solo que Marielisa era de las que pensaba que era peligrosísimo ilusionarse con alguien sin saber cómo era en la cama. Así que seguía sin entender por qué no se despidió, por qué no había mandando ni un mensajito para decirle: Me fui con otra que es mejor. Ella, por lo menos, se quedaría tranquila.

Aquella noche, Marielisa agarró su computadora, preparó un café, y sentada en su cama, en pantaletas, solo concluyó tres cosas. El próximo, que tenga menos boyfriend material y tenga más writting material. Definitivamente el del problema es él y no yo, allá él con sus mujeres, sus camas y sus peos. Y si el fin del mundo llegara mañana, que me agarre con mi computadora, mi taza de café y en pantaletas.

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