Debilidades y Vicios

Caracas, café, Masseratti y política

Maruja

Hace tiempo que no venían a Maruja tan feliz. Las sonrisas brotaban más de lo normal en su rostro. Sonrisas bonitas, de esas espontáneas, esas que te gritan ¡Estoy feliz!

Ella tenía una particular manera de ser feliz, no le contaba a la gente los motivos. Tenía un temor inmenso de que le dañaran las sonrisas. Así que ella era feliz en secreto, aunque se le notaba a distancia.

No estaba acostumbrada a ese tipo de felicidad, por eso tuvo tanto miedo cuando comenzó a pensar que era posible que su felicidad pronto terminara.

Un día, Maruja, dejó de sonreír. Ese mismo día no tomó más café, se sentó en el piso de su cuarto y escribió a quién le había regalado sonrisas una larga carta, porque ahora se las había robado.

“Estimado L.,

Escribo estás líneas para no atropellarlo cuando me lo encuentre en la calle. Todo esto en sentido figurativo, pues sabemos que la violencia y yo no somos amigas. Utilizaré estas palabras como ejercició de desahogo ya que las lágrimas hace rato que perdieron la dirección de mis ojos. Esta será una práctica válida para quien, como yo, encuentra su vida entre las palabras.

Entérese, querido, que entró usted en mi vida a joderla. Perdóneme lo soez del vocabulario, pero no encuentro otra palabra en el diccionario que encaje tan bien como “joder”. Y es que ese fue su único y egoísta motivo para entrar en mi vida, parece que me lo cambiaron en el camino, probablemente algún virus en la matrix es causante de tal defecto. Me ha jodido usted la paz encontrada, la confianza recuperada y el deseo hayado. No sabía que se podía joder tanto, con solo una mentira.

Sepa usted que no le deseo mal, para nada. Le deseo el bien en su vida de “no-culpas”, que no es más que una egoísta autojustificación a esas ganas de tenerlas a todas, todo el tiempo, espectantes de su espectáculo. Conmigo no use usted caretas o clichés pseudointelectuales para ocultar la realidad, recuerde que antes de usted fui yo quien usó esa “no-culpa” para justificar acciones (y daños) en el pasado. No espero una (dis)culpa de su parte.

Existe, gracias a los Dioses del Olimpio, una gran diferencia entre usted y yo, y para eso también me sirven estas letras. Yo, con mi “no-culpa”, siempre estuve consciente del daño que podía hacer con mis acciones, nunca las oculté, siempre fui capaz de aceptarlas y decir la verdad, en el momento en el que me lo preguntaban. Siempre supe que esa sería la mejor manera de llevar la fiesta en paz con el número 2, 3 o 4.

Como diría un gran amigo mío “Este adiós no maquilla un hasta luego… Estos son los últimos versos que le escribo”.

Qué tenga usted un feliz lunes.

M.

Maruja se levantó del frío piso, ya con las manos dormidas de tanto aguantar el papel y el lápiz para escribir con una letra per-fec-ta-men-te legíble aquellas palabras que serían su liberación. Dobló cuidadosamente aquel pedazo de papel, selló el sobre con la lengua y bajó a pedir la portero que enviara, sin falta ese mismo día, esa carta al 3400 en Corrientes Capital.

Hace cuatro años que Maruja se despidió de L. por medio de una carta. Aún no está segura de que haya sido la mejor de las maneras, pero sabe que por lo menos ella tuvo la paz que necesitaba. Todavía espera, secretamente, respuesta de L., pero sabe que es mucho pedir. Ya no le cuesta levantarse todos los días en su Buenos Aires querido a leer y seguir escribiendo sobre esas historias cotidianas, que de rato, olvidamos que son lo más hermoso de la vida.

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