Debilidades y Vicios

Caracas, café, Masseratti y política

Días de días #1: Hormonas’ free

Existen días en la vida de ciertas personas que, como yo, sencillamente son dedicados a estar solos. No existe nada en contra del mundo, simplemente queremos estar solos, no hablar con nadie y pues la ironía está a la vuelta de la esquina. Esos días, que no son los días de hormonas, sino simplemente días, tus amigas no te soportan, tu mamá abre la puerta más de lo normal y hasta tus amigos,  que siempre tienen un chiste guardado no son capaces de sacarte conversación o una sonrisa.

Es como aquel día en Madrid, cuando después de una terrible noche en StarDust -una discoteca ubicada en la Plaza Del Carmen a tres cuadras de Puerta del Sol-, que se unió a  aquella conversa de “no entiendo qué pasa”, me levanté con ganas simplemente de irme a escribir o irme a estar sola. Nadie lograba entenderlo  <<domingo en Madrid, último domingo en Madrid y tu te vas así como así sola>>; estoy segura que algo así habrá comentado alguna de mis amigas. A lo que, gracias a mi estado de ánimo, le contesté <<¿Y?>>-

Ese día recuerdo que me paré, busqué mi computadora, la puse en mi bolso junto a mi cargador, mi libro, mi monedero y guantes. Me puse los lentes, almorcé (en el albergue hacían Paella para ese día) y salí con un grupo. Me separé de ellos en alguna estación que ahora no recuerdo y me bajé en Atocha. Salí, como de costumbre, por salida equivocada, pero pensé: “Bueh! Tengo buena música, ganas de caminar y el clima está chévere”. Ese día me metí por calles nuevas, cafés nuevos, gente nueva que no había visto. Decidí que no preguntaría cómo llegar al “Reina Sofía” o al “Paseo del Prado” y menos al “Thyssen” que era realmente a donde quería ir a ver una exposición que se llamaba “Heroíanas” a ver si alguna de ellas me daba un poco de valor y coraje.

Aún no sé cómo, pero llegué. Pregunté cómo era el asunto y recuerdo que debía pagar aproximadamente 30 euros para ver todo el museo, así que decidí irme por Heroínas solamente que costaba 8 eurillos. Caminé durante 40 minutos viendo fotos y pinturas de mujeres que hicieron historia. Me metí en la tienda, compré los regalos de Amanda y Batita (a Bati aún no se lo entrego), compré postales porque me encanta coleccionarlas; solo para darme cuenta que “La exposición continúa de manera gratuita en Caixa Madrid” -no entendí por qué en Catalán-. Me molesté un poco, así que decidí salir de ahí y continuar con mi día de “pensemos”.

Mi siguiente parada fue el Starbucks que está justo en frente de la Fuente de Neptuno -desde el año pasado quise sentarme ahí a tomarme un café y ver a la gente-. Entré, pedí mi café “Vendi, con descremada, mocca y vainilla” y una torta de chocolate que se veía buenísima pero que en realidad estaba como seca. Me senté afuera, el clima estaba soleado y con 10 grados ya tenía calor. Saqué mi computadora y comencé a poner palabras que ahora no sé dónde las guardé. Recuerdo que me descargué, y cuando noté que me quedaba poca pila le escribí a una de las pocas personas con las que podía hablar ese día -sólo porque no iba a haber ningún chisme o comentario nefasto que me hiciera querer ahorcarlo-, mi nuevo amigo Carlos a.k.a. Banestín.

Decidimos encontrarnos en el Reina Sofía porque yo debía ir a comprar unos cuadernos para escribir historias que aún están ahí, agarrando polvo. Me quedé un rato más sentada ahí, con mi café Starbucks, en pleno Madrid, un domingo soleado, sola, viendo a la gente y pensando. Aquel día sé por qué estaba así, no tenía que ver con mis hormonas, tenía que ver con algo que pasó la noche anterior. Hoy estaba igual y probablemente tiene que ver con algo que pasó la tarde anterior, sólo que asumirlo y afrontarlo sería, en parte, destruir mi teoría sobre “Lau y los hombres”; por lo que decido ignorarlo y tratar de forzar el día para que parezca normal y no irme como loca a algún café “decente” de Caracas a leer o escupir palabras como loca en una hoja blanca.

En fin, aquí estoy, un sábado a las casi 1 de la mañana, con la computadora y mi libro al lado, leyendo y escribiendo y molesta porque la luz roja del celular no se prende después que el BBM chismoso dice “R”, luchando contra mis teorías y planificando el día de mañana en función a ese café “decente” al que me iré después de almuerzo. Y sin ganas de escuchar Masseratti para no llenarlos de malos recuerdos.

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