Debilidades y Vicios

Caracas, café, Masseratti y política

Hospital Vargas: Sólo un recuerdo lejano

Un día cualquiera de la semana, Caracas lluviosa, una caraqueña acompañada de dos médicos valencianos. Un destino: Hospital Vargas. Objetivo: Ellos averiguar sobre los post-grados, yo simplemente observar.

A las 4.20 p.m. aproximadamente nos montamos en el carrito (autobus) tomado en la estación capitolio, por ahí por donde está el Mc Donalds dirección Panteón Nacional: “Chama te dejo a media cuadra” me dijo el conductor al preguntarle por los que llegaban al Vargas. Luego de montarnos en la camionetica en plena hora pico, comencé a explicarles dónde estábamos y por qué los autobuses colapsaban tanto la Baralt.

4:30 p.m., a penas 10 minutos de habernos montado, ellos experimentaron uno de los momentos más típicos, la sensación de que los carritos chocarán entre ellos por lo pegados que frenan unos de otros. El regueton me hacía alzar la voz para que ambos me pudieran escuchar. Justo cuando estábamos hablando sobre los frenos se monta un señor de mediana edad, moreno y con la camisa llena de sangre, alegando que su compañero estaba herido y no tenía dinero. Procedí, entonces, a darle apenas 2 bsf que era todo lo que tenía. Uno de los muchachos me observó como diciendo: “no es parte de la solución” a lo que mi mirada respondió: “Es eso, o nos roban”.

Aún no habíamos llegado al hospital y ya era traumático el camino. La hostilidad de una bella ciudad nos indicaba que el camino aún es largo. Todo esto nos daba la bienvenida, a ellos por primera vez y a mi por haber olvidado todo aquello.

4:45 p.m., nos bajamos del carrito sólo para notar que al cruzar la calle –sin semáforo- toreando carros nos recibía un gran módulo de Barrio Adentro, cerrado  con candado y con ropa guindada en las ventanas del segundo piso.  Comenzamos nuestra caminata barrio arriba en pleno San José, bajo la lluvia y con algo de prisa preguntándo por “la emergencia del lugar”.

4:51 p.m., al ver aquel hospital sufrí un gran impacto, en mis recuerdos había un gigante, un señor hospital; en ese instante sólo veía un chicuelo indefenso entre tanta ineficiencia. Al entrar, luego de atravesar las grietas del suelo que no permiten el paso de las ambulancias, nos dieron la bienvenida al lugar 6 perritos moribundos en la puerta.

Un señor portero que parece sacado de las páginas de Pedro Páramo, casi muerto en vida nos contesta entre dientes: “Buenas Tardes”. Al ingresar al hospital me sorprende ver cómo aquella gran estructura gótica con gárgolas es ahora una pequeña casita triste e indefensa, casi sin pintura, con andamios y pasillos largos, fríos por la lluvia. Tenebroso. No podía dejar de sorprenderme en cada paso que daba. Observar aquel edificio y escuchar las conversaciones de los médicos a los que acompañaban me daban otro gran baño de agua fría y realidad.

Aquellos muchachos con esperanzas preguntando sobre sus post-grados: Medicina interna, psiquiatría; hablando con los estudiantes residentes del hospital mientras yo grababa cada detalle en mi mente para poder así traducir esas imágenes en palabras y me preguntaba: ¿Cuál es la razón de quedarnos aquí, en este país? Justo en aquel instante escuché a uno de los doctores decir: “En ese momento, por ejemplo, ese paciente –un enfermo de diábetes, edad apróximada 60 años en una camilla con expresión triste, al lado su familia resignada (fue como una escena de terror)- no tiene el médicamento (No recuerdo el nombre), una cosa tan sencilla como esa la tenemos que comprar”.

Ellos no lo notaron, pero en ese momento mis ojos se aguaron, se formó un nudo en mi garganta y la indignación caló: ¡Por eso es! Puede sonar a cliché, esperanza tonta –que se me va de vez en cuando-, e ingenuidad de muchacha es la que hace que me levante a diario a trabajar,  a seguir,  a soñar, a pensar que un poquito de algo puede cambiar.

Hoy no sé que pueda hacer, sé que no mucho más que plasmar en palabras lo que leo y siento. Aquel día, en la hospital Vargas, uno de los más tranquilos –capaz por su ubicación, hora y día de la semana que fuimos- me hizo entrar en contacto nuevamente con la realidad de muchos que –como yo- no cuentan con la posibilidad de pagar una clínica privada. Madres desesperadas, enfermas que con el tiempo y por los problemas se amargan y estudiantes –muy pocos- resignados a que la mayoría de sus amigos están fuera, pasando trabajo y a que no sienten un cambio pronto en su realidad hospitalaria.

Mi granito de arena está, entre otros, en estas palabras. Espero poder visitar pronto más hospitales de manera voluntaria.

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3 pensamientos en “Hospital Vargas: Sólo un recuerdo lejano

  1. Ricardo Strauss en dijo:

    Quisiera ser uno de los médicos que estuvo allí contigo. Que placer leerte, que terrible sensación leerte. No pares de escribir.

  2. Qué triste el cuadro que pintas. Qué fuerzas de voluntad hay que seguir teniendo pR pensar que este País saldrá a adelante.
    Yo si me quedo aquí hasta que veamos el yugo caer.

    Te felicito Sigue escribiendo.

    Besos

  3. Acabo de leer este artículo y siento tristeza porque el tiempo pasa y hay situaciones que a veces cambian para peor. Fui operada allí hace aproximadamente 40 años (médico maravilloso, mística, lugar limpio); sin embargo, entonces había necesidades no cubiertas en dicho hospital pero quien ejercía sus prácticas y postgrados serían siempre reconocidos como excelentes profesionales.
    No decaiga, el que persevera, triunfa.

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